lunes, 15 de febrero de 2010

COMO LA SONRISA EN LA CARA


"Conocimos los últimos testimonios de otras vidas. Nos contaron los arrieros de Salvatierra de los Barros cómo, cargados los burros con sus botijos, se dirigían a Andalucía, a Madrid, a Barcelona, a Valencia, para embarcar allí hacia Baleares sus cacharros. Muchas veces se les iluminaba la cara al recordar los viajes, las hazañas de los que llegaron a París y aún más allá, caminando, caminando. Pero el momento más hermoso para uno de aquellos últimos Ulises era éste: llegar "a cualquier río" y, junto a la alegría de bañarse, encontrar la bienaventuranza de la pesca, de una cosecha gratuita y sin esfuerzo, en la que no había más que meterse en el agua, y llenar un recipiente cualquiera con las manos, hasta sacarlo, como en un milagro bíblico, cargado de los frutos del agua. Rebosante. Y los ojos cargados de legañas se le abrían enormes, como la sonrisa en la cara, al recordar aquellos regalos.
La misma historia nos contó el último molinero del Ibor, la misma abundancia. Cuando en determinadas épocas del año no hacían falta ni artes de pesca, sino apenas mojarse y llenar de carne líquida el serón, para celebrar cenas al lado del molino, a la luz de los carburos, con los "veraneantes" que volvían de las primeras emigraciones a Francia.
Y frente a aquellos relatos de alegría, la voz gastada de Ramón, un hombretón enorme a las puertas de la muerte, el último barquero que cruzó el Tajo, contando como los vecinos del gran río, los más pobres, no habían sabido ni siquiera qué se les venía encima cuando empezó la inundación del embalse de Alcántara, y descubrieron sólo entonces qué medían aquellos cordeles y aquellas estacas. Él le llamaba "la balsa" y contaba como subía y subía, dejando debajo huertos, cercas, casitas, campos... Campos "malos", como él decía, pero "allí estaban". Y se le llenaban los ojos, azules, glaucos, de otra inundación, de otro agua: la de la pérdida, la de la continua añoranza. La misma de los vecinos de Talavera la Vieja, desterrados por la inundación de Valdecañas, que en tantas décadas no han dejado, algunos, de soñar reiteradamente con las calles, las casas, los caminos que hoy duermen bajo las aguas. Cuando bajan las cotas se acercan lo que pueden a sus antiguos lugares. Enhebran conversaciones interminables para recrear juntos la geografía fantasmal de paisajes borrados. En el Tajo, en el Zújar, en el Guadiana, gentes que son supervivientes de un continente sumergido, de una fluvial Atlántida.
Eran otros tiempos, era otra relación de las gentes con el agua. En pueblos de Cáceres, además de acudir a fuentes y pozos, se llegaba a recoger el "agua de teja", que no era otra que la lluvia en los canalones de los tejados, que para tal fin se mantenían impolutamente limpios, y servía mejor que las calcáreas para cocer los garbanzos. Gentes que aún usan baldes para lavar, cuidadosamente, y que se escandalizan por la disponibilidad del chorro en los grifos, recordando que en otros tiempos el ahorro estaba garantizado, precisamente, por el esfuerzo de acarrear el líquido hasta las casas. Que reviven con el mismo impenitente alborozo cómo iban a bañarse al río andando, en verano, y la competencia de los muchachos por zambullirse en los charcos y charcones más hondos, lugares todos ellos con nombre propio. Usan verbos hoy desconocidos, como "tupirse" los arroyos y los campos, "aventar" (crecer con las lluvias de otoño) el río, o hablan de su "marea", ese riego capilar que mantenía húmedas las huertas colindantes, rellenaba las fuentes y daba la frescura en las noches de estío. Detallan topónimos de afluentes minúsculos. Y conocieron aún en uso los molinos, esas inimitables instituciones de aprovechamiento hidráulico, unidos a represas de esfuerzos ciclópeos, en algunas riberas conectados entre sí y con acequias de riego, de modo que el agua que soltaba el molino la aprovechaba el agricultor. Pocos de ellos molían en invierno. En buena parte, hoy día son construcciones casi incomprensibles, pues se sitúan sus cubos y arcabuces junto a lechos exiguos, detraídos por los embalsamientos de las cabeceras y los pozos de extracción. Y sin embargo, durante siglos, fueron los señores del agua, los dadores del pan.
¿Qué sentimos al recordar algunos de aquellos testimonios sobre el agua y los ríos recogidos mientras hacíamos "El lince con botas"? Tristeza. Lo que traslucían las gentes era armonía. Lo que grabaron nuestras cámaras, al acercarse a los tramos mejor conservados de algunos cauces extremeños, belleza. Pocas imágenes más hipnóticas que el agua cristalina fluyente en el alto nacimiento del Almonte, pocas más subyugadoras que la serpiente blanca y verde de los ranúnculos que pueblan, antes de ser destrozado por los vertidos de Almendralejo, el bellísimo primer tramo del pequeño Guadajira. Pocos sonidos más placenteros que las esquilas del ganado en la ribera del Ardila, allí donde se crían los fustes como columnas del almez. Y sin embargo, lo que sentimos al recordarlas es tristeza. Da igual que un molinero advierta con toda lógica que los herbicidas del olivar acaban llegando a nuestros estómagos. Que un ancianísimo zahorí nos hable de la cadena enlazada de la vida. Que un pescador denuncie la contaminación que cría en verano, donde antes hubo agua limpia, una verde costra grasienta. En el año 2009, en este otoño en que el campo está exhausto como ninguno de los mayores lo recuerda aquí pero la sequía no es, según dicen las autoridades, preocupante, al parecer los seres humanos seguimos sin ser capaces de enfrentarnos a la verdad de los hechos: no podemos infringir una y otra vez las leyes de la naturaleza. No para siempre. No impunemente. Deberíamos haber aprendido ya que la vida, el agua, el aire, la tierra, tienen sólo valor, pero no se les puede poner precio."



Artículo de Ana Baliñas, publicado en el número 87 de la revista "Ríos con vida", editada por AEMS. La serie de televisión “El lince con botas”, de Libre Producciones, de la que Ana era guionista, fue distinguida con el Premio AEMS-RÍOS CON VIDA 2009.

El canal público de televisión extremeña, por iniciativa de sus gestores, y por el empeño y con la aquiescencia de los responsables políticos de la región, retiró la serie “El lince con botas” en 2006 al no agradarle algunos de sus contenidos, críticos con la política medioambiental y de desarrollismo feroz del gobierno autonómico. Tampoco programa ningún otro trabajo, presente o pasado, de esta productora en un contemporáneo ejercicio de “damnatio memoriae”. Sólo en este tiempo Libre Producciones ha obtenido hasta cuatro reconocimientos de organizaciones sociales, asociaciones y colectivos ciudadanos por, textualmente, su trabajo en relación a la defensa del medio ambiente y derechos humanos fundamentales como la libertad de expresión.
A fecha de hoy, la productora continúa activa.

1 comentario:

javierpulidofernandez dijo...

"El lince con botas" es uno de los más entrañables programas que hemos podido disfrutar.
¡LIBERTAD PARA EL LINCE!